jueves, 12 de agosto de 2010

David

Recuerdo aquellas épocas de mi infancia en las cuales mi hogar estaba destruido, no materialmente, pero si en el amor que solía haber, tengo fe en que en algún momento hubo amor, tengo fe. Recuerdo los días que pasaban tan lentamente, recuerdo los días en los que no podíamos pagar la luz y las velas y la luz de la luna alumbraban nuestra miseria, los días en que comernos un plato de lentejas era un manjar y que tuviera un huevito frito montado, era una esquisitez preciado para nosotros.

Recuerdo también a mi madre llorar por la desaparición de no podernos dar algo de lujo, ni para mi ni para mi hermano, recuerdo la puerta de mi hermano siempre cerrada para mi y para todos, encerrado siempre en el mundo enteramente suyo de su cuarto, un mundo en el cual yo quise estar muchas veces en las cuales me sentía solo, en los cuales mi madre lloraba y yo solo quería un abrazo, un abrazo que no aparecía.

Pero aun en la mas oscura tragedia, yo me mantenía feliz, quizás porque mi madre y mi hermano me ocultaban la verdad de nuestra miseria, la verdad de nuestra tragedia, la verdad de nuestra desdicha, desdicha en la cual estábamos sumergidos. Si no fuera por ellos, quizás yo no sonreiría como siempre lo hago, yo no hubiera conseguido tan buenos amigos...

Y cada uno de ellos son una vela en mi vida, una vela de las que alumbraban mi vida en la tristeza, en mi hogar sin luz, la luz que me permitia dibujar y soñar con mundos donde la gente era feliz, donde mi padre llegaba y me daba un beso y me cargaba y jugaba conmigo, jugar..., me hubiera gustado jugar con él, aun recuerdo la tristeza de vivir entre tantos parques y ver a tantos padres felices jugando con sus hijos, y yo, imaginandome la escena, reemplazando a extraños por mi papá y yo.

Y bajo estas lágrimas que mojan el teclado mientras escribo, recuerdo a mi mejor amigo, a mi primer amigo, a aquel que jugaba conmigo en los recreos, que me daba una palmada en mis momentos de soledad, el que me daba un pedazo de su pan cuando yo no tenia nada que llevar.

Nace de mi una sonrisa con solo recordar de que hubo un tiempo en que nos quedamos solos los dos en los recreos, mientras los demás se divertían jugando fútbol. Nosotros hablabamos de mundos imaginarios, felices, irreales y mágicos. Yo, siempre narrando mis historias y mis hazañas ficticias, él, siempre escuchando y riendo conmigo.

Quizás él no lo sabia, pero siempre mi madre me daba 20 centavos antes de salir al colegio para que me comprara chicles, y yo, siempre compartia un chicle con él. Aunque él siempre tuviera cosas mas deliciosas, él siempre aceptaba con una sonrisa mi pedacito de chicle, y es que para él, esa simple cosa valía tanto, era un simple acto de amistad, una amistad tan sincera.

Ahora recuerdo los días mas oscuros de mi infancia, espero que de toda mi vida, recuerdo a mi madre decidiendo triunfar, decidida a dejar de llorar, decidida a ser feliz, recuerdo a mi hermano con las puertas cerradas, pero jugando conmigo dentro.

Y recuerdo a David, mi primer amigo, mi mejor amigo, el que me acompaño en la infancia, el que me apoya en la secundaria, el que se ríe de mis tonterías, el que me ilustra de la literatura y el que comía el chicle de la amistad conmigo en las bancas del colegio. A ti mi amigo, te digo gracias, porque de entre todas las historias sobre amistad, tu fuiste la amistad mas sincera que he tenido y podría llegar a tener en mi vida.

Gracias por todo amigo, te quiero y aprecio.

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