Se marchó y con ella el sol y las nubes, dejó vacío el cielo, se llevó a la luna, a las estrellas. Se llevó la risa de los niños, la ternura de los abrazos, el calor de los besos, dejó vacío el cielo, el alma, la tierra. Entonces Lima quedó vacía y gris, con ceños fruncidos y miradas esquivas.
Los ángeles caídos tomaron un café mientras que yo seguía esperando que volvieras. Seguía debajo del farol en el que me dijiste adiós, seguro de que con un suspiro subirías el cielo y devolverías los colores con una sonrisa. Si tan sólo volvieras. Me siento muy solo aquí.
Se me acercó una mujer de blanco con ojos tan profundos que pude ver su alma, con una mirada tierna, con una sonrisa como la tuya. Se parecía tanto a ti que una paz inmensa me embargaba con solo verla. Me secó un par de lágrimas que derramé por tu partida, por la soledad y me susurró al oído con aquella suavidad que sólo había escuchado de ti. Me dijo que cerrara los ojos, que volviera a confiar como antes (porque me había convertido en aquellas personas que desconfían de su sombra, de quienes ya fueron corrompidos por la sociedad y creen que todos son como él, que la fidelidad y la confianza son invisibles a sus ojos y su corazón). Obedecí a su dulzura y para cuando resolvía abrirlos aquel fastidio comunal había desaparecido por completo, aquellos colores vivos habían vuelto, los verdes, los rojos, los amarillos, el celeste del cielo con nubes de algodón. Encontré en mi mano una flor blanca y comprendí que no solo de Lima te habías ido.
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