viernes, 5 de noviembre de 2010

99 Balas

Capitulo 1 - El hombre que vino del desierto.
Eh, cantinero, tráigame otra ronda de su mejor whisky –exigía otro borracho desde la parte mas profunda de la cantina. Ni lo pienses Didius, ya estas hasta el tope de alcohol, ándate a tu casa. ¿Quieres que me vaya a mi casa? ¿Con este calor de mierda? No seas un maldito hijo de… -El sonido metálico del brazo de Arak chocando contra el mostrador interrumpió los quejidos de Didius. Ándate a tu casa ahora Didius. Las pocas almas que había en la cantina miraban los hechos sucedidos sin pronunciar ninguna palabra o realizar algún gesto. Didius se levanto tambaleándose de su asiento, tomo su chaleco de minero y camino en zigzag hacia la puerta de la cantina mientras gruñía e insultaba por lo bajo a Arak. Malditos mineros ebrios, solo traen problemas a este pueblo, de no ser por esos estúpidos yacimientos de Entilium seguiríamos siendo un pueblo libre de crimen. La molestia de Arak con respecto a la minera no era solo de su desagrado, sino el de todos en el pueblo. Remontémonos años atrás, finalizaba pues la era robótica y se iniciaba la denominada, era biotronica, era en esos años que la confederación de planetas había establecido que todos los planetas menores del sector 23 serian explícitamente designados para la extracción de recursos, entre ellos, el más importante era el Entilium, una gotita de ese mineral y se podía dar energía a todo Jupiter por 2 semanas siempre y cuando todos sus habitantes mantengan sus dispositivos electrónicos prendidos.
La llegada de los mineros de la confederación de naciones al planeta Verveid fue un evento épico, habitantes proclamaban lo que consideraban, la llegada del progreso, cuando en realidad, sería un retroceso masivo para este planeta, al igual que los otros que recibieron a los mineros. Las naves de carga no solo trajeron consigo maquinaria, robots y trabajadores, sino que también, entre los trabajadores, trajeron ladrones, asesinos, violadores, en resumen, criminales que habían sido liberados de las prisiones a lo largo de los planetas con el cuento de que serian una mano de trabajo barata y a su vez, tendrían la oportunidad de reformarse, en ese plan, tanto como la confederación y los criminales ganaban, excepto los planetas, que se convirtieron en campos de tiro y hogar de animales rastreros que solo causarían muerte y pobreza en su camino.
¡Alguien tiene que hacer algo! El pueblo se está hundiendo, el planeta esta pereciendo –exclamaba Arak en el silencio de la taberna mientras limpiaba algunos vasos. ¿Y quien hará algo al respecto? –pregunto uno de los borrachos desde su asiento. Arak miraba al borracho mientras se mordía la comisura de los labios. Los jefes de la ley ya se han entregado a la locura y el crimen, ya nadie lucha por lo que es justo en este lugar, acá solo se rinde cuentas a los más débiles, y los más fuertes toman lo que quieren sin que nadie los detenga –prosiguió el borracho. Arak era consciente de estos hechos, y temía, no por su vida, sino por la de su hija.
¡Samantha apreta el acelerador mujer! –exclamaba Beldandy desde la parte posterior del aeromóvil. El sol quemaba la piel de las chicas, pero valía la pena mientras estén yendo a toda velocidad por los vastos desiertos del planeta. Phoebe prende la radio, hay que hacer saltar esta chatarra. El sonido electrónico inundo el silencio del desierto, la música y los gritos eran escuchados a varios kilómetros de distancia, esos gritos de jubilo de chicas jóvenes y alocadas, le daban cierta vida al desierto, tan silencioso y vasto, lastima que hacían mucho ruido, pues en el desierto no sabes lo que puedes encontrar, o a quienes. Oye Beldandy ¿Qué significa esta lucecita roja en el medidor de combustible. El sonido del motor dando lo último de si respondió la pregunta de la joven. Oh no, no me jodas, no ahora, dale vuelta, tenemos que aprovechar lo poco que queda del combustible, tenemos que regresar –ordeno Beldandy con terror en su voz. El aeromóvil dio media vuelta y emprendió el recorrido. No llegaremos Bel, estamos muy lejos. Pero mientras más cerca estemos, estaremos mejor. Del vasto desierto emergió por detrás de ellas, a la distancia, un aeromóvil. ¡Bel, mira, no están siguiendo! –exclamo Phoebe señalando a la figura que acababa de aparecer. Era un aeromóvil de la minera, a distancia se podría reconocer ese color oxidado característico de las viejas carrocerías, y también, lo característico de esos móviles era su diseño acorazado, perfecto para embestir, pero lo más peligroso de todo eso no era el móvil en si, sino los que lo manejaban, criminales excitados buscando aprovecharse de estas jóvenes indefensas. El escenario era perfecto, estaban lejos del pueblo y a ellas se le estaba acabando el combustible. ¡Maldita sea, Samantha acelera! –exclamaron ambas chicas mientras miraban hacia atrás. ¡De donde voy a acelerar si esta chatarra se está quedando sin combustible! –respondió Samantha agitada. El móvil de los mineros ya estaba demasiado cerca del de las jóvenes. Nenas ¿Por qué huyen? –pregunto con una sonrisa de satisfacción uno de los mineros. Eh, pelirroja, a ti te voy a hacer cosas que en la vida se te hubieran ocurrido –dijo uno de ellos señalando a Beldandy. El móvil de los mineros embistió el móvil de las jóvenes. ¡Carajo, no estamos quedando varadas! –exclamo Samantha. ¡Chicos! ¿Escucharon eso? Ya hay almuerzo para el resto del día. Yo me quedo con la pelirroja. Lagrimas de desesperación caían por las mejillas de las tres chicas, el aeromóvil se estaba deteniendo, el motor estaba dando lo último de sí. Son nuestras jovencitas –dijo uno de los mineros mientras se hacía agua a la boca pensando en lo que haría con ellas. Nos ha tocado el gordo chicos –menciono uno de los mineros a sus compañeros. El aeromóvil se había detenido, las chicas habían escapado de la maquina y habían empezado a correr, el pueblo estaba aún muy lejos, demasiado lejos, ya no habían esperanzas. Chicos, parece que esto ahora se ha tornado un rodeo, saquen las cuerdas, vamos a coger este ganado. Corre maldita sea Phoebe –ordeno Samantha mientras jadeaba de cansancio. Los mineros se divertían cazando a sus “presas”, jugaban con ellas antes de hacerles daño, pero lo que ellos no esperaban era que ellos terminarían recibiendo el daño. ¡Atrapa a la rubia! –exclamo uno de los mineros a otro que agitaba la cuerda en el aire formando ondulaciones. Eres mía –pensó mientras sonreía. El minero lanzo la cuerda atrapando a Phoebe, esta cayó al piso inmovilizada. ¡Oh Dios mío! Tienen a Phoebe –dijo Samantha llorando de desesperación. Beldandy ya no sabía qué hacer, no tenían esperanzas, desde el momento en que se quedaron sin gasolina las perdieron. Los mineros bajaron del aeromóvil, querían atraparlas a pie. Dos de los 4 fueron tras de las que faltaban mientras que uno se había quedado en el aeromóvil y el cuarto había decidido empezar a divertirse con Phoebe. Phoebe empezó a arrastrarse por la arena, tratando de escapar del hombre. El minero reía mientras se acercaba y murmuraba cosas obscenas mientras se desabrochaba los pantalones.
¡Mierda! ¿Dónde diablos esta Beldandy? –exclamo Arak al buscar por toda la casa a su hija. Tampoco está el viejo Bravo –dijo Winston, el viejo amigo de Arak quien había estado buscando también a su hija, Phoebe. ¡Pa! Dicen los de la tienda de la cuarta avenida que las vieron en un viejo aeromóvil saliendo al desierto –exclamo jadeando Pete, el hijo mayor de Winston, quien había estado desde hace ya varias horas, corriendo por todo el pueblo buscando el paradero de su hermana menor. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! –exclamo Arak cogiéndose el poco pelo que le quedaba en su ya calva cabeza. Tenemos que ir al desierto George, los mineros hijos de su putisima andan por los desiertos ahora que la confederación ha proporcionado esos aeromóviles de transporte minero. Enciende el River, carguen sus rifles, vamos a buscarlas –ordeno George Arak poniéndose su sombrero. Los tres hombres bajaron del hogar que daba a la cantina cuando las puertas de la cantina se abrieron de golpe. Era Beldandy bañada en lágrimas. Beldandy hija mía –exclamo George corriendo a abrazarla. ¿Dónde está Phoebe? –pregunto desesperado Winston. Beldandy se volteo a la puerta sin dejar de abrazar a su padre, un hombre entro a la cantina y en sus brazos, estaba Phoebe.

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