martes, 9 de noviembre de 2010

El curioso caso de Bernardo Vasquez 3 de 3

Los días pasaron y el nombre de Bernardo Vasquez se fue perdiendo, mas en chismes y especulaciones que en murmullos sobre su nueva relación. El público, morboso y con sed de muerte, había desaparecido lentamente y pronto, se olvidaron de él. Pero esto no le importaba a Bernardo, pues ahora la única persona que quería que lo viera, era Lili. Las mañanas de avioncitos, las tardes de atardeceres en el malecón, las noches de caras tristes antes de la partida. Tom y Bernardo volvían a realizar actividades como amigos, y Bernardo ya no había vuelto a arriesgar su vida en una semana, lo que a todos, absolutamente a todos hacia feliz. Pero la felicidad no dura para siempre, eso lo tuvo que aprender Bernardo de la peor manera. Fue un viernes, en el que jugaban los chicos en la playa, Lili había llevado a unas cuantas amigas con ella junto con Bernardo y Tom. Jugaban de lo más lindo, revolcándose en la arena, nadando en el mar, aventando a Tom contra las olas. Bernardo y Lili habían nadado hasta lo más profundo. Bernardo, acércate –indico Lili con una sonrisa. ¿Qué hay? –pregunto mientras abrazaba por la cintura a Lili. Hace frio –dijo temblorosa Lili. ¿A si? Perdón Bernardo, lo olvide. Abrázame fuerte para no sentir frio. Bernardo la abrazo fuerte, sus narices chocaban, la respiración de ambos se agito. Los ojos de ambos estaban muy cerca, al igual que sus labios. Bésame.. –susurro Lili. Bernardo se lamio los labios para limpiarlos de la sal del mar. Lili hizo lo mismo, cuando ella empezó a toser. Lili hizo a un lado a Bernardo. Bernardo la soltó, y su corazón se hubiera estremecido, si es que hubiera podido sentir algo, cuando vio como sangre brotaba de la boca de Lili. Ella perdió el conocimiento y se hundió. Bernardo rápidamente la atrapo y con esfuerzos, la llevo a la orilla.
Lili tenía una enfermedad, algo que la estaba destrozando desde adentro, algo que ya llevaba tiempo ahí. Lili tenía que estar internada en el hospital, los doctores trataban de encontrar una cura para esta extraña enfermedad. Y era muy triste para todos ver a Lili, tan bella y dulce, estar postrada en una cama todo el día, y la tristeza era más fuerte en Bernardo. Ya no habían mas avioncitos, mas atardeceres, y solo caras tristes antes, durante y después de ver a Lili.
Alguna noticia de Lili? –pregunto Tom. Nada nuevo, nada bueno. Ambos amigos se mantuvieron en silencio, ambos mirando el vacio. Ese día en la playa… paso algo raro cuando estábamos haya adentro los dos solos. ¿Qué cosa? Cuando estaba abrazándola, segundos antes de que se desplomara, deje de sentirla. ¿A qué te refieres con que dejaste de sentirla? –pregunto Tom cruzándose de brazos. Al momento en que la abrace con fuerzas, deje de sentir su calor, el contacto con su piel, su respiración; tengo miedo Tom, tengo miedo de que muera, y tengo miedo también, que muera todas esas sensaciones que compartíamos, tengo miedo de estar vacio otra vez. Tranquilízate Bernardo, ella estará bien, y todo volverá a ser como antes. ¿Antes de que? Del accidente, o después de él.
Las cosas no mejoraron para nada, Lili seguía escupiendo sangre, sus pulmones se habían llenado de sangre la noche anterior y tenían que realizarle un procedimiento para evitar que se ahogue en su propia sangre. Bernardo siempre estaba ahí, siempre pendiente de ella. Y llego el día mas triste, el día que nadie quería que llegara, Lili había sido víctima de fiebres, nauseas, dolores y se ahogaba, se ahogaba en su propia sangre. Los doctores ya no podían hacer nada, ella iba a morir. Todos en la sala se estremecieron con la noticia, los padres de Lili estallaron en lagrimas, sobretodo su madre. Sus amigas lloraron, cada una apoyándose sobre la otra. Bernardo lloraba, pero no lo sabía, no sentía las lágrimas cayendo por su rostro, no sentía sus ojos lagrimosos. Bernardo corrió al baño donde se miro frente al espejo y vio un rostro incapaz de representar ningún sentimiento, en ese momento se odio, odio esta maldición que le impedía sentir, era un mundo triste, un mundo maldito para el pobre Bernardo. Lili pidió que Bernardo entrara. Los jóvenes enamorados al encontrarse bajaron la mirada, sus miradas ya no se cruzaban, quizás porque ya no se querían aferrar a los bellos momentos del pasado, o quizás, simplemente ya no querían afrontar la realidad, la triste realidad en la que estaban sumergidos ahora. Bernardo se sentó a un lado de la cama de Lili, tomo su mano, y sus temores se volvieron realidad, no la sentía. Lo siento Bernardo –dijo levemente Lili. ¿Lo sientes? –pregunto Bernardo tomando la mano de Lili con ambas manos. Siento no haber podido demostrarte todo lo bello que hay en el mundo. Te equivocas ángel mío, si lo hiciste, lo hiciste cuando me miraste con una sonrisa aquella vez, lo hiciste cuando tome tu mano por primera vez, y aun ahora, lo sigues haciendo. Bésame, por favor, solo bésame, no quiero perderme el poder sentir tus labios –susurro Lili con una sonrisa débil, pero dulce. Bernardo se acerco a los labios de Lili, y rezo, que tan solo por un segundo, que tan solo por ese maravilloso momento, pudiera sentir; los labios de ambos se juntaron, torpemente se besaron, lagrimas brotaron de ambos, Bernardo no se percato de ello, ni de las lagrimas, ni de los labios de Lili. Cuando se separaron, Bernardo descubrió que los ojos de Lili estaban más vivos, más alegres, mas…mas Lili, y Bernardo sabia que los suyos, solo mostraban una improvisada forma de alegría. Los ojos de Lili se cerraron y murmuro casi de forma desapercibida: Gracias. Bernardo se quedo ahí, parado, mirándola con esos ojos de alegría improvisada. Lili murió a las 15 horas con 36 minutos un martes de verano. El día del entierro, todos, absolutamente todos lloraban, excepto Bernardo, el cual tenía puesto gafas negras, cubriendo su impotencia de poder producir una miserable lagrima. Los días que continuaron a la muerte de Lili, fueron días amargos, el sol ya no brillaba como antes, las rosas ya no eran tan bellas como lo solían ser. El sonido melodioso de los pajaritos ya no era tan bello, es cuando uno se pone a pensar, que quizás Lili era la que hacia brillar el sol, que Lili hacia que las rosas fueran bellas porque su belleza era comparable y que quizás, los pajaritos ya no cantaban las mismas melodías dulces de antes, porque ya no había a quien cantarle.
Hundirte en tu propia soledad no te hará sentir mejor –dijo Tom entrando al cuarto de Bernardo. Todos sentimos su perdida, todos seguimos afligidos, pero intentamos continuar nuestras vidas, la gente muere, debemos afrontar ese hecho. Tú no entiendes como me siento Tom –respondió con una voz fría carente de sentimientos Bernardo desde su cama. Tu nunca has perdido el poder sentir, tu nunca haz sentido la perdida de una persona tan especial en tu vida ¡Tu nunca has besado a la chica que amas en su lecho de muerte y no pudiste sentir nada de ese beso! Tú jamás serás capaz de sentir lo que yo siento en este momento –respondió Bernardo con ira. Tom sin darse cuenta había inclinado su cuerpo hacia atrás. Déjame solo Tom, por favor. Si así lo deseas –respondió con tristeza Tom. Lagrimas brotaban de Bernardo, caían sobre sus sabanas y se perdían ahí, pero él no se daba cuenta de esto. Intento dormir, soñar con ella, quizás, solo así recordaría lo que era sentir su piel. Dime que esto es realidad... ¿Porque lo dices? –susurro Lili extrañada. Por que sufriría al saber, que lo más bello que me sucedió en mi vida, fue un sueño. Esto no es un sueño, esto es tan real como este viento que nos acaricia…tan real como este viento que nos acaricia….tan real como este viento….tan real. ¿Y si no lo fuera? Bernardo abrió los ojos, era de noche, la luz de la luna se colaba por entre sus cortinas e iluminaba su cuarto. Y si no lo fuera? La pregunta aun rondaba por su cabeza.
Brandon Dil llego un jueves a la ciudad, esperando impaciente el show que marcaria de por vida la carrera de Bernardo. Este show lo convertiría en una leyenda, o lo convertiría en un simple murmullo de lo que alguna vez fue. El show se realizaría en el acantilado donde comenzó todo. Un lugar emblemático para todos, y también un lugar intrigante para Brandon Dil. Este chico tiene un aire teatral… si puedo sacar a flote todo su potencial, llegara lejos. Las personas se aglomeraban frene al acantilado, esperando a la llegada de Bernardo, el chico inmortal. Brandon Dil miraba su reloj de bolsillo, eran las 6 y 15, la hora establecida por él para encontrarse. La gente empezó a murmurar hasta que los murmullos se tornaron en una sinfonía de susurros. Bernardo había llegado. Tenía puesto una camisa a rayas, unos jeans algo gastados, y unas zapatillas que había comprado hace unos días. La muchedumbre se abrió formando un camino hasta Brandon Dil. Estas preparado muchacho? –pregunto Brandon con una sonrisa. Si –respondió a secas. Tom miraba desde lo alto de un árbol. Las amigas de Lili miraban desde uno de los extremos del gran mar de gente. Los murmullos se disiparon lentamente hasta que todo quedo en silencio. El sonido de los graznidos de las gaviotas acompañaban el sonido de las olas del mar meciendo la arena. Bernardo estaba frente al acantilado, la gente había formado un circulo ante él. ¿Que estará planeando hacer? ¿Se va a tirar? Que poco creativo –murmuraba la gente. Bernardo ignoraba las murmuraciones, levantaba la mirada hacia el cielo, luego miraba al horizonte, mientras el sol se ocultaba allá en el infinito. Cerró los ojos para recordar el rostro de Lili, luego se volvió a la multitud, los miro de derecha a izquierda, todos los ojos eran iguales. Una lagrima escapo de los ojos de Bernardo, él no sabía porque había surgido esa lágrima, esa lagrima tan fría que recorría su mejilla, pasando por sus labios y cayendo por su mentón. La fría brisa marina acariciaba la piel de Bernardo mientras este retrocedía de espaldas hacia el acantilado. Esto es un sueño –fue lo único que dijo Bernardo antes de tirarse al vacío. Las personas vieron como Bernardo levanto los brazos hasta formar una cruz con su cuerpo, luego se tiro, siempre mirando al público, como todo un artista. El cuerpo de Bernardo caía lentamente al vacio, cada segundo era más largo que el anterior, hasta que llego un momento, donde simplemente, quedo inmóvil en el tiempo. Bernardo abrió los ojos, y una luz cegó sus ojos. Estaba echado en una camilla, fría, pero suave. Bernardo se levanto de golpe, cuando sus ojos chocaron con los de Lili, quien estaba sentada a un costado de su cama, con una sonrisa dulce, con una mirada tierna. ¿Estoy muerto? –pregunto Bernardo mientras era acariciado por las suaves y tersas manos de Lili. Estas en casa amor –susurro Lili con una voz cálida.

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