Gira el rostro amor –dice el estilista girando el rostro de Helena cual maniquí. Eso es, así me gusta, dale más rubor. ¡Alguien que arregle esas horribles uñas por el amor de Dios! Aquí está el labial. 5 minutos y entra. ¡El vestido! el vestido tráiganlo de una vez. ¡Au!. Lo siento amor, descuido mío. ¡Donde está mi asistente! Querida quedaras hermosa. No toquen eso. Quedan 3 minutos. Rápido, rápido, las sombras por favor. Por favor aléjense, necesito aire maldición, un artista necesita su espacio. ¿Ya terminaste con las uñas? No señor. ¿Qué mierda esperas para terminar? Rápido el vestido pónganselo. Queda un minuto. Ajusten el corset. ¿Te sientes preparada mi amor? –pregunta el director de maquillaje de Helena. Ella no ha abierto los labios en ningún momento durante todo este alboroto de polvos y máscaras que recubren su verdadera piel, no ha sido capaz de articular alguna palabra con su bella voz. Sus ojos delineados cuidadosamente están tristes y cansados. No importa, el maquillaje los recubre. Ha llorado durante la noche, durante la mañana, durante el mediodía, durante el atardecer, no tiene un hombro donde llorar. Nadie le ha preguntado cómo se encontraba, si se sentía bien o se sentía mal, si quería un vaso con agua o una simple sonrisa, hasta ese momento en que un atareado y muy estricto estilista la mira fijamente cual artista que contempla su obra de arte y le pregunta si es que se siente preparada, a lo que ella pregunta aquello que ha estado rondando su mente por varias horas: ¿Dónde está Vincent? –pregunta Helena cual niña buscando a su mamá. El estilista le sonríe y muy sereno le responde: Él no ha podido venir amor, pero te ha mandado aquel ramo de flores –dijo el hombre señalando las rosas finamente arregladas que estaban sobre la mesa al fondo de los vestidores. Helena las miro con tristeza mientras caminaba lentamente al escenario donde varias modelos descendían como bellas aves que olvidaron como volar. El hombre tras la cortina que daba al escenario detuvo a Helena, le hizo una seña con la mano mientras miraba a través de un pliegue, tres, dos, uno. La cortina se abrió y la luz encegueció los ojos de Helena, ella camino a paso firme, recta y majestuosa cual diosa entre mortales, deleitando la mirada de los espectadores. Su mirada se centraba al frente de ella, tenía que mantener la compostura y el porte, pero su deseo por verlo pudo más y sus ojos se desviaron por un segundo hacia aquel sitio reservado para aquel chico que ama, o por lo menos quiere. Él no estaba, no era una sorpresa para ella, no era la primera vez que no se encontraba. Helena continúo su camino y regreso, igual de imponente y majestuosa, igual de triste y desolada pero esto ya no es una sensación ajena a ella.
Hay una fiesta en la casa de Steve ¿vienes? –pregunto una de las modelos a Helena. Ella cerró su cartera, se miró al espejo del salón de maquillaje donde la única luz encendida alumbraba su rostro y con una sonrisa notablemente fingida respondió: Me gustaría, pero no puedo, tengo que esperar a Vincent, voy a salir esta noche con él. Ok amiga, nos vemos entonces –dijo despidiéndose con un beso en la mejilla y caminando por el pasadizo donde el único sonido que resonaba era el de sus tacos de plataforma mientras desaparecía en la oscuridad de la noche.
Ella se mira al espejo antes de salir, no se reconoce en él pues solo ve una máscara de químicos que recubre su rostro. Lentamente levanta su mano y la lleva a su rostro, acaricia con la yema de sus dedos sus mejillas y siente como el rubor se impregna en ellas impidiendo que pueda sentir su piel.
“Tienes una belleza diferente Hely, porque tu no necesitas como otras chicas de máscaras de maquillaje para demostrar belleza”
Dante… -murmuro Helena al momento en que alejaba su mano de su rostro. Helena no alejo la mirada de su reflejo en ningún momento. Estiro su mano a su bolso mientras contemplaba sus ojos marcados. Extrajo de entre los tantos cosméticos que ahora rondaban dentro de su cartera y saco unos paños húmedos que utilizo para despintar su rostro volviéndolo a su tono original, limpiando su rostro de tanto químico que le impedía sentir. Una vez que termino, dejo el último paño que utilizo junto a los otros, todos llenos de toda clase de colores y miro su rostro. Reconoció su sonrisa traviesa, sus ojos como luceros y su piel limpia y tersa como la seda. Levanto una vez más su mano y paso la yema de sus dedos por su rostro. Era una sensación tan agradable el solo sentir su piel libre y pura como lo solía ser. Pero a pesar de haberse quitado el maquillaje, se sentía aun extraña consigo mismo, la ropa era ajena a ese rostro libre. Rápidamente se dirigió a los vestidores y empezó a buscar entre la ropa alguna prenda que se asemejara a su ropa de sus primeros días con Dante. Se quitó la ropa y la dejo en el piso, tomo el vestido lila que estaba en lo más profundo del vestidor y se lo puso en un instante, no era nada elaborado, no era nada sofisticado, es más, no tenía ningún diseño llamativo, pero a pesar de esas carencias, en ella se veía autentico. Una vez más se miró al espejo y una sonrisa no pudo contenerse y escapo con total libertad apoderándose de su rostro. Sus pies sometidos por esos lujosos tacones Gucci no hacían juego con su vestido, es más, estaban fuera de lugar en ese atuendo que tenía en ese momento. Una vez que se los quito, pudo estirar sus dedos, empezó a moverlos cada uno por separado. Se miró al espejo una vez más y la imagen de Dante apareció detrás de ella, sonriéndole. Ella se volvió asustada a donde se supone que debería estar él, pero no encontró ni rastro de su presencia. El celular empezó a timbrar, era Vincent. Helena tomo sus tacones y se los puso al instante, tomo su saco y dejo en el piso la ropa que había tenido puesta. Vincent esperaba con su Lamborghini Gallardo fuera del centro de exposiciones donde estaba Helena. El viento soplaba con fuerza y junto a él, el frio se hacía presente.
Vincent se encontraba respondiendo un mensaje de texto de su celular cuando el sonido de los tacones de Helena lo hizo levantar la mirada para encontrarse con la sonrisa de oreja a oreja de Helena. Ella esperaba una expresión de impacto departe de él, y así fue, pero no era un impacto como el que causaba en Dante, era un impacto de quien se sorprende por lo diferente que esta una persona, diferente para mal. ¿Helena que te paso? –pregunto estremecido Vincent mientras se acercaba a Helena e inspeccionaba si es que tenía algo que le había hecho terminar en ese estado. No me paso nada –respondió Helena alejando a Vincent con las manos. ¿Pero qué paso con tu ropa y tu rostro…? –pregunto sin saber que más decir. Quería sentirme libre por un momento. ¿Libre? No me hagas caso, iré a arreglarme.
¿Cómo va el proyecto? –pregunto Helena mientras jugaba con el collar que le había regalado Vincent hace unos días. La construcción ya comenzó hace dos días y se tiene previsto terminarlo en dos meses. ¿Dos meses? Eso es realmente rápido. Habrá turnos de día y noche para apresurar la obra, solo me falta un nombre para el lugar. ¿Se te ha ocurrido alguno en especial? No, la verdad no, tiene que ser un nombre enigmático y a la vez sofisticado, este será la nueva generación en discotecas, será más que eso, será un mundo donde lo prohibido y el lujo se lleven de la mano para formar un nuevo ambiente. Oh. ¿Oh? ¿Qué quieres decir con eso? Nada, solo oh. Ah.
El bólido giro a la derecha y tomo un carril vacío de la pista hasta llegar a la fiesta a la que se habían encaminado. Vincent detuvo el carro en la entrada donde un valet parking tomo las llaves del coche y se encamino para estacionar el auto. Helena y Vincent entraron al gran ambiente finamente adornado donde las altas esferas charlaban sobre finanzas y política. Un hombre de edad, ojos cansados y un rostro con un aire perverso se acercó hacia la pareja. Orland, mi buen amigo ¿Cómo has estado? –saludo Vincent estrechando la mano del hombre que le sonreía con complacencia. Mucho gusto de verte Vincent –saludo mirándolo para luego ver a Helena. Por alguna razón, un escalofrió escarapelo el cuerpo de Helena en el preciso momento en que Orland la miro con esos ojos de cuervo. Helena te presento a Orland, mi mano derecha, mi mentor, mi guía desde que empecé a manejarme en la alta sociedad. Mucho gusto señor –saludo Helena con una sonrisa que no pudo mantener por mucho tiempo y al instante se desvaneció. ¿Puedo tener un momento a solas contigo Vincent? –pregunto Orland con un rostro más serio de lo que era en un principio. Vincent tartamudeo mientras se volvía lentamente a Helena la cual con una sonrisa dio a entender que podía irse. Vincent le dio un beso en la mejilla antes de irse y luego murmuro: Ya vuelvo preciosa. Vincent y Orland caminaron juntos fuera del ambiente dejando sola a Helena quien se mantenía de pie en el sitio donde él la había dejado, no sabía qué hacer, no sabía a donde ir ni con quien hablar; se sentía fuera de lugar.
Camino en círculos por varios minutos con una mirada perdida en su rostro, buscando alguna cara conocida entre tantos rostros extraños. El sonido de las copas chocando, de las risas, de los comentarios importantes y dignos de ser mencionados, no evitaban que ella se sintiera incomoda con las miradas que lanzaban las personas por donde ella pasaba. Eran miradas frías que juzgaban, miradas hostiles ¿Pero por qué le lanzaban miradas hostiles? Quizás porque así aprendieron a verse a sí mismos y a otros, siempre con hostilidad, siempre juzgando y considerando que el mundo posee un sinfín de defectos los cuales uno no posee. Gran mentira.
Hola –dijo una voz masculina que vino desde detrás de ella. Helena se volvió al instante, era un hombre alto y de facciones muy masculinas y bien cuidadas. No pude evitar notar tu rostro perdido ¿Buscas a alguien? –pregunto con un tono encantador. No, la verdad si, jajá la verdad estoy esperando a mi novio pero parece que ha desaparecido –dijo Helena alegre de hablar con alguien. Oh, tienes novio ¿eh? –repitió el joven con una sonrisa mientras se alejaba de ella y se dirigía a un grupo de hombres que los miraba desde lejos. Al llegar a ellos él dijo: Esta buena, pero tiene novio chicos, intentare con otra.
Helena se sintió miserable, la primera persona con la que hablaba en aquella reunión y solo le interesaba su cuerpo. No pudo aguantar las lágrimas y salió a toda velocidad al jardín que había en la parte trasera del edificio.
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