lunes, 10 de enero de 2011

Curves and Verses

Esta historia no me pertenece a mí, sino a una voz más cansada y apagada por la dureza de los años sobre ella. Pero aun con el leve susurro que era su voz, fue capaz de contarme aquella historia que grita por ser narrada, la historia de Emanuelle y Noelia.

No importa el rumbo que tome o el lugar en el que estaba, simplemente importaba aquel hombre que tocaba en una esquina de la vieja ciudad. Aquel hombre solitario, imperceptible a la mirada cotidiana, que sólo relucía ante los demás por las melancólicas notas de su guitarra ya deteriorada por los años.
Quizás fui afortunado al detenerme a escuchar su triste canción, quizás fui afortunado al tener la valentía de preguntar sobre aquella canción por la que tocaba con tanta pasión, como si se tratara de la melodía de su vida, pero yo pienso que fui lo suficientemente desafortunado para ver lo que hacen los años sobre el corazón, cómo ahogan la voz y desarman los vocabularios dejándolos a simples sonidos, sonidos que aquel hombre llamado Emanuelle pudo tejer con su guitarra.
¿Cómo se llama esa canción? -pregunté intrigado luego de que Emanuelle terminara de tocar el último acorde. No tiene nombre –respondió aquel hombre de mirada triste y cansada. La gente pasaba a su lado y depositaba monedas sobre el viejo y sucio sombrero que él había colocado en el piso. ¿Por qué no tiene nombre? –persistí. No puedo nombrar a la canción de mi vida –respondió el hombre tocando la primera nota de aquella canción que me hipnotizaba, pues su melodía contenía una tristeza humana, tan familiar que incluso podría decir que era una melodía que había escuchado toda la vida.

La menor –el acorde que marcó el inicio de mi vida, y a su vez el inicio de mi miseria en este mundo.

Sol mayor –el acorde que representó el ocaso del amor de mi madre, en el preciso momento en que abandonó la idea de ser madre y dejó todo para vivir una vida de libertinaje, sin mí.

Fa mayor –el acorde que acompañó al sonido de la lluvia cayendo en mi rostro sucio y desamparado, por aquellos días en que mi estomago estaba vacío y donde mi madre abrazándome era el recuerdo más grato que quedaba en mi vacío corazón.

Y por último, el acorde que acompañó mi existencia, que le dio un nuevo significado a la melodía de mi corazón.

Mi mayor –el acorde de Noelia.

No recibíamos un desayuno digno, es más, ni siquiera recibíamos un desayuno a excepción de casos especiales, no teníamos a nadie que velara por nosotros, mas nos explotaban haciéndonos trabajar cada día de nuestra vida para facilitar la vida de aquel que presumía habernos dado un techo donde dormir. Pero nada de esto importaba una vez que salíamos a las calles a trabajar, porque trabajar significaba ver a Noelia, la niña que me robaba el sueño y que hacía de los primeros años de mi vida los más felices. Ella era todo lo que un niño podía pedir de la vida, tenía 10 años y yo 8, pero no importaba pues haría todo por ella sólo para pasarla vida juntos, con su piel trigueña, sus trenzas y sus ojos achinados, ella era mi cholita y yo sería su “cholito lindo” como solía llamarme.
Subíamos juntos a los micros para trabajar, yo con mi lata de leche y mi peine mientras que ella cantaba con su hermosa voz que atraía la mirada de todo quien estuviera en el carro que subiéramos. Yo nunca cantaba, pues las pocas veces que lo hice, la opaqué y tenia vergüenza de opacar tan bella voz que me acompañaba.
Los niños me envidiaban porque Noelia solo quería trabajar en pareja conmigo, no preguntaba el por qué, simplemente disfrutaba de mi dicha y de su belleza. Juntos ganamos el suficiente dinero como para pagarle al hombre que nos daba un “techo” donde dormir y con los excedentes compramos esta guitarra que tengo aun en mi vejez. La compramos juntos para que sus canciones fueran más hermosas y para que la gente pagara más por el pequeño espectáculo que podíamos ofrecerle.
Pero no fue tan fácil como esperaba, puesto que de una lata de leche a una guitarra había una abismal diferencia en cuanto a dominio. Noelia se entristeció al ver que el resultado de nuestro esfuerzo cooperativo no rindió un buen fruto, por lo que luego de un tiempo, me reemplazo por un niño que sabia manejar el charango. Lloré solito muchas noches deseando poder tocar aquella guitarra que ya no representaba nada para mí más que vergüenza y desaprobación departe de Noelia.
Fue luego de llorar muchas noches y de practicar hasta que los sonidos quedaron impregnados en mi cerebro, que pude conseguir que aquel chico que andaba trabajando con Noelia me enseñara a tocar y a que fluyera la magia como lo hacía él con el charango. Y luego de varios meses de práctica en secreto de Noelia, pude ser capaz de tocar canciones diversas con maestría y entendí además que aquel chico que trabajaba con Noelia no era una mala persona, sino un buen chico que deseaba ser sólo su amigo, gran mentira la que creí en ese tiempo.
Crecí, al igual que mi talento, y al igual que yo, Noelia creció, volviéndose más hermosa y más mujer ante la mirada de todos aquellos chicos que pasaban las noches en vela pensando en las situaciones más “románticas” por así decirlo, con ella. Tenía 13 años, era tímido y feo por lo que el nombre de “cholito lindo” se perdió con mi inocencia. Ella por otra parte, era hermosa y única ante mis ojos, y los ojos del chico con el cual había trabajado todos estos años. Ella y él se besaban y hacían cosas de adultos todas las noches, y todos los sabíamos desgraciadamente.
Pero a pesar de lo que decían que hacía ella, y de que fuera de otro, ella me trataba con un cariño especial, como si aquel tiempo en el que trabajamos juntos no se hubiera perdido y que viviéramos los días de antaño. Ella adoraba escucharme tocar y ver como me volvía un excelente guitarrista, y yo adoraba escucharla cantar, con la suave melodía de su voz hacía que las más complejas notas que pudiera producir mi guitarra se escucharan como un esperpento.
Un día, luego de pasar toda la mañana y gran parte de la tarde escuchándonos producir melodías, nos prometimos escapar lejos, donde pudiéramos comenzar una nueva vida como lo soñábamos cuando éramos más pequeños, donde podríamos vivir como niños, sonriendo todo el día juntos. Y bajo esas promesas, empezamos a juntar dinero, el cual ella guardaba dentro de su almohada y con el cual juramos escaparnos juntos en un futuro cercano.
Trabajé más duro las semanas que siguieron, me levantaba más temprano y me acostaba más tarde con el único propósito de hacer que esa fecha especial llegara más rápido. Incluso hubo días en que dejé de comer para vender mi ración del día a otro para conseguir más monedas. Ella se alegraba con mi esfuerzo y exclamaba constantemente que ya faltaba poco para poder irnos lejos. Decía que si comprabamos boletos de viaje a la sierra, podríamos ir a alguna plantación y poder trabajar como obreros, libres de carros y sin necesidad de pasar más hambres pues el cultivo donde trabajarían le pertenecía a un tío lejano suyo que con mucho gusto nos daría trabajo.
Ahora que lo pienso bien, con todos estos años de experiencia encima, me doy cuenta cuán iluso fui.
Fue un martes, lo recuerdo bien, que la vi por última vez bajo el manzano que está frente a la plaza de armas donde le di los últimos centavos que había conseguido con lo último de mis esfuerzos y ella me prometió que me buscaría cuando todos estuvieran dormidos para escaparnos al carro que nos llevaría a nuestra nueva vida. Recuerdo cómo esperé ilusionado a la noche y cómo no pude dormir en ningún momento, cómo me mantuve con los ojos abiertos siempre expectantes a que la curvilínea figura de Noelia entrara a buscarme, y así me quedé, con los ojos abiertos, desde el momento en que me acosté a las 9 de la noche, hasta el día siguiente en que las primeras luces del día anunciaron que ni ella, ni el chico del charango, ni nuestro dinero estaban.
La busqué por todos lados, pregunté por ella, salí por las calles con la esperanza de que la encontraría con su sonrisa diciéndome “siento no haberte buscado, pero por este motivo no me presenté, pero ahora ya estamos listos para irnos”. Juro que pensé que ella habría podido sufrir un accidente y que estaría internada en algún hospital, juro como en esos momentos deseaba que eso no hubiera sido realidad, pero para el finalizar del día, deseé con todas mis fuerzas que ella hubieras sido asesinada de la peor forma.
Me dijeron que la habían visto escaparse con un fajo de billetes de su cuarto y acompañada de la mano, tenía al chico del charango, se escaparon juntos con el dinero que habíamos ahorrado y desaparecieron para siempre dejándome a mí solo, con el corazón destrozado en mi mano.
Es una pena –murmure una vez finalizado su narración. Pero a pesar de todo el odio que tengo contra ella, a veces siento que está conmigo y que me cuida por alguna razón, aunque sé que eso no es cierto –dijo el hombre levantando la mirada y dejando ver lo grises que eran sus ojos, como los ojos de una persona que ya no ve. Lo curioso fue que a pesar de su ceguera, miraba expectante al frente suyo, como si esperara a alguien. Me volteé y detrás mío, con lágrimas en el rostro, había una señora de edad, casi de la misma que aquel señor. Ella lo miraba sin decir palabra alguna, sólo una sonrisa acompañaba sus arrugas y su mirada cansada y amorosa. Lentamente me volví al hombre quien volvía a tocar esa melodía que hacía llorar a mi corazón.
Una vez finalizada la canción de su vida le pregunté ¿Quiere que lo ayude, ya es tarde? No te preocupes niño, alguien a esta hora siempre viene a ayudarme a caminar, por alguna razón me acompaña, y le agradezco aunque nunca sea capaz de ver el rostro de quien me ayuda siempre. Finalizando de decir esto, aquella señora que lo miraba desde detrás mío se acercó a él, lo ayudo a levantarse, y llevándolo del brazo como a un niño, camino junto a él en la oscuridad de Lima, la gris.
Es usted otra vez –dijo con una voz de gratitud mientras miraba el vacío tanteando sus pasos. La señora se mantuvo en silencio. A veces olvido que perdió la voz, así como yo perdí la vista, no me imagino cómo será su voz, seguro que viniendo de una persona que siempre me ayuda, su voz debe de ser la de un ángel…

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