Ayer murió Virgilio, lo mataron cientos, lo tomaron por las extremidades y lo despedazaron lentamente, hasta solo dejar una cabeza en aquel charco de sangre que se mezclaba con el pasto. Lo más triste es que los cientos estaban conformados solo por mujeres quienes en algún punto de su vida, habían sufrido por la falta de sentimientos de Virgilio.
Los primeros rayos del sol guiaban a Virgilio por la carretera, llevándolo a donde su corazón se hacía más frágil y endeble, donde los tristes recuerdos se convierten en un doloroso presente y donde el dulce néctar del amor tomaba un sabor ambiguo e insípido que solo una vez ingerido obtenía sabor. Virgilio debía beber ese antiguo néctar una vez más, solo su amor por su hija lo haría beberlo ¿Estaría él preparado para lo que llegaría a su interior? Lastimosamente, ni Dante ni él tenían la respuesta en ese momento. Dejaron las estupideces de lado por primera vez en mucho tiempo y se sumergieron en temas que valían la pena hablar…
¿Le compramos una Barbie o un Ken? –pregunto Dante. No lo sé, creo que primero se debe comprar a Barbie antes que a Ken. Mejor comprémosle un carrito, es más interesante que vestir una muñeca y ponerla en diferentes situaciones cotidianas. Mejor pensemos eso luego de recogerla. Cómprale una laptop, quizás le encuentre mejor uso que una muñeca estereotipada. ¿Cuánto falta para llegar? Estamos cerca. ¿Qué tan cerca? Muy cerca. (Silencio). ¿Ya llegamos? No. (Silencio un poco más prolongado) Me gusta el queso. Bien por ti. ¿Ya llegamos? Cuenta hasta cien y habremos llegado. (Cien números después) ¿Ya llegamos? No. Me mentiste, dijiste que para el número cien habríamos llegado. Contaste muy rápido. Es mentira.
El carro se detuvo frente a una casa que se encontraba entre dos grande edificios, era el ultimo rastro de lo que alguna vez se conoció como un hogar propio, donde el terreno que se posee es enteramente tuyo y no compartido por decenas de personas apiladas en hogares de forma vertical. Lo más notorio de aquella casa, era su antigüedad y como los años habían ocasionado severos deterioros en ella que ameritaron ciertos arreglos tales como el tejado que poseía dos colores, uno mucho más opaco que el otro lo que daba un contraste en la antigüedad de ambos. Las paredes de la casa de un piso estaban cubiertas por planchas de madera que tenían distintos niveles de degradación por las lluvias, la humedad por el mar que estaba a solo unas cuadras y el sol abrazador. Pero a pesar de todos esos detalles, lo más hermoso de aquella vieja propiedad delimitada por un muro de piedras que llegaba hasta el mentón, era la gran población de flores y plantas varias que habían sembrado a un costado de la casa.
Virgilio apago el motor del auto y mirando a Dante pregunto: ¿Cómo me veo? Parece que estuvieras yendo a una vasectomía, así de fatal te ves. ¿Y si veo a Sofía? –pregunto Virgilio mirando la casa. ¿El fantasma o tu hija? El fantasma. Puedo llamar a un padre para exorcizar a tu hija –sugirió Dante con una sonrisa. A veces eres un idiota. Si, lo sé, pero así me quieres. ¿Me acompañas? Por supuesto.
Ambos hermanos abrieron ambas puertas del auto y salieron, uno más decidido que el otro. Los pasos se hacían pesados a medida que avanzaban hacia el timbre de aquella vieja casa y a solo un metro de la puerta, los pies de Virgilio se detuvieron pues la fuerte influencia de la duda tomo control de su mente e hizo retrocederlo un paso. Dante quien venía a paso a lento observando las plantas dispuesta por el corto camino hasta la entrada se volvió hacia su hermano, y la imagen que vio a su costado perduro hasta el último de sus días. Una mujer de vestido blanco tomaba la mano de Virgilio y con su voz igual a la de un susurro angelical le decía al oído: Estoy orgullosa que estés aquí amor. Estas cortas palabras dirigidas para cualquiera de nosotros serian tomadas a la ligera pero para Virgilio estas palabras le movieron el piso, destruyeron cualquier muralla que se le hubiera impuesto entre su hija y él. Virgilio no miro atrás, no dudo y exhalando el último aliento de inmadurez toco el timbre. Pero no fue necesario, una voz anciana lo saludo desde la izquierda, por entre las hojas del árbol de guanábanas, era el abuelo de Sofía. Señor much… -sus palabras no se concretaron pues una pequeña figura apareció también con el anciano señor de la mano y con esos grandes ojos verdes que tenía ella observo a su padre, reconocible por ese rostro torpe de quien mira enamorado a la criatura más linda de la creación. Llevaba puesta un gorrito azul que protegía sus mechones de pelo castaño claro y cuidaba esa piel blanca que la hacía brillar como un angelito, su vestido azul con detalles de ositos hacían conjunto con su gorro y sus zapatitos marrones. Ella y él se miraron al principio analizando cada detalle mientras que el viejo señor miraba con felicidad a aquellos dos, quienes trataban de mantener sus sentimientos celosamente para ellos, pero cuando una niña ve a su padre a quien ama, no puede hacerse de miradas y recelos, simplemente suelta la mano de su abuelo y a paso a saltos llega hasta los brazos de su padre quien se ha agachado para abrazar a su retoño. Dante quien había presenciado el fantasma de la amada de su hermano aun se mantenía perplejo por lo sucedido, pero la repentina aparición de ese querubín hizo que el corazón de él se estremeciera y olvidara por un segundo todo aquello en lo que estaba pensando. Pero lo más bello de todo esto, fue el gesto tan infantil de la pequeña Sofía que tomando la cara con la mirada torpe de su padre, sonrió y dio a conocer sus dientes recién emergentes para luego darle un beso en la mejilla con esos labios tan pequeños y húmedos que dejaron una marca de saliva en la mejilla de Virgilio. El corazón de aquellos tres hombres se estremeció ante el gesto y una lagrima cayo de las mejillas de Dante y Virgilio, el ultimo dejando escapar un “te amo mi ratoncita”.
Las olas del mar son como los años de la infancia de un niño, arrastran todo aquello que se les ponga en la orilla y pasa a formar parte de ellos, y solo tras un largo esfuerzo aquellas impurezas recogidas en algún momento pueden ser removidas. La pequeña Sofía había tomado la ausencia de su padre con gran dolor y entendía ya a su corta edad que su padre era frágil como ella, que requería de mucho amor para poder ser feliz y que ella era la luz de sus ojos.
Sofía jugaba con su abuelo en la arena formando castillos y figuras varias, eran los últimos momentos que pasarían juntos en mucho, pues él ya era un hombre viejo y estar en movimiento de un lado para otro se le hacía cada día mas difícil, era la tarea de cuidar a su nieta lo que lo mantenía en forma y lo hacía perseverar, pero como no hacerlo con esa sonrisa de dientes nacientes con la que se despertaba todos los días el viejo hombre.
Estos serán los últimos momentos juntos en mucho tiempo –murmuro Virgilio a Dante, ambos sentados metros atrás en la arena, observando a aquella pequeña con su vestido de ositos. ¿Sabe quien soy? –pregunto Dante. Sabe que eres un vagabundo, es lo único relevante con relación a ti en su vida. Es hermosa como su madre –agrego Virgilio. Obviamente, si fuera igual que tu seria una pequeña ogro con dentadura incompleta ¿Te imaginas eso? Demos gracias a la genética por seleccionar lo mas puro –dijo Dante con un tono burlón. Cuando avanzaba hacia la entrada por un momento sentí mucha inseguridad con respecto a lo que hacía, esa sensación de fracaso y decepción que uno quiere evitar a toda costa me consumió y lo único que hice fue dar un paso hacia atrás. Ella apareció a tu lado –agrego Dante. Entonces la viste. Por supuesto que la vi y casi me hice en los pantalones, no todos los días se me presenta un fantasma ante mis ojos. Entiendo, pero lo más interesante… ¿mas interesante? ¿Hay algo más interesante que ver a tu amor muerto? –pregunto Dante otra vez con una voz burlona. Si, lo más interesante fue que ella no estaba decepcionada de mí, quizás nunca lo estuvo, creo que simplemente quería un paso firme con respecto a nuestra hija, ella quería que tuviera la seguridad en mis acciones como las solía tener cuando ella aun vivía y deseábamos juntos con todo nuestro corazón tener una hija. ¿Estas seguro de esto? Luego de que la vi y de aquel beso que me dio, tiene mi corazón de una cuerda, siento que a través de su dulzura conseguirá todo lo que quiere. ¿Serás un padre consentidor? Creo que con esos ojitos con los que me mira, si. ¿Y eso me convierte a mí en el tío malo? No, tu eres un vago y así quedaras marcado.
Mientras ambos hermanos hablaban, una suave brisa acaricio el pelo de Virgilio, esta provenía del Sur. Virgilio se volvió para ver porque había tan suave brisa acariciándole solo el cabello, cuando sus ojos se encontraron con la imagen de Sofía sentada a lo lejos entre la arena. Virgilio no vacilo un segundo y se puso de pie en un segundo. ¿A dónde vas? –pregunto Dante ante la repentina reacción de su hermano. Virgilio tomo las llaves de su auto y se las tiro a Dante ordenando que lo esperara en el auto.
Virgilio llego ante aquella mujer de vestido blanco y se sentó a su lado observando el mar. Él la tomo por el hombro y la acerco a él, ella reclino la cabeza sobre su hombro y así se quedaron varios minutos, sin decir nada, observando a lo lejos a su pequeña hija correteando en los pequeños charcos que dejaba el mar cuando se retiraba. ¿Por qué aparecías Sofía? –rompió Virgilio temerosamente el silencio. Porque tú me necesitabas en esos momentos –respondió con una voz suave. ¿Tú aparecías… por mí? No amor, apareció por nuestra familia –esta última palabra dicha con un tono más cálido que fue para Virgilio, una dulce caricia. No quiero atarte a mí y evitar que descanses, quiero que encuentres la felicidad allá en lo alto, te prometo que cuidare de ella. Virgilio, amor, sé que cuidaras de ella como nadie más podría hacerlo, sé incluso que la mimaras y la consentirás hasta que se vuelva una niña mimada, y también sé que la corregirás con los años. ¿Puedo castigarla por cualquier motivo para que no salga con sus enamorados? –pregunto Virgilio con una sonrisa. No, déjala conocer el amor que nosotros pudimos conocer de forma libre y tranquila. Cuando la veo, me recuerda a ti, incluso me hiere su presencia en momentos, porque es tan similar a la tuya, tan cálida y agradable el estar cerca. Virgilio, nadie tiene el mismo brillo que otra persona pues todas brillan de forma diferente y créeme cuando te digo que nuestra hija brilla con tal fuerza que es perceptible desde las tierras más remotas de la tierra. Otra cosa que debes saber antes de que parta, es que mi amor materno la cuida y la envuelve de todo aquello que le pueda hacer daño, estuvo junto a ella desde el momento en que abandone mi cuerpo y estará junto a ella hasta el momento en que ya no necesite de mi y empiece a abrazarse de ti para poder enfrentarse al mundo el cual le esta deparado. Sofía se acerco a él y le dio un prolongado beso que lentamente fue desapareciendo hasta convertirse en nada, él abrió los ojos para ver el rostro de su amada, pero se dio cuenta de que ella ya no estaba allí.
Dante se encontraba con la mirada perdida en las nubes, recordando situaciones y momentos felices con Helena cuando una brisa acaricio su oído, una brisa que provenía del asiento trasero del auto. Dante miro el espejo retrovisor y vio el rostro celestial de Sofía sentada con una sonrisa amigable. Al instante el rostro de él palideció y sus ojos se abrieron más de lo normal pero sin dejar escapar sonido alguno. Hola Dante. Ah… -fue lo único que atino a gesticular Dante. Procura cuidarlo a él, sé que tiene un bello corazón, pero lo ha ocultado todo este tiempo que yo no estuve. Ah… Sé que puedo contar contigo porque tú lo quieres y sé que te volverás un tío muy consentidor con ella. Ah… (YEAH, no mas tío vago) Y una cosa más. Ah… Ten cuidado. ¿Ah?... Personas que amas serán heridas, procura tomar las decisiones correctas en lo que está por venir. …. ¿Aaaah?... Las decisiones que vayas a tomar, tómalas con precaución, pues ellas pueden herir mucho –diciendo esto, sonrió y desapareció. Ah…. Ah…. Aaaah…. –Dante cayo desmayando sobre el respaldar del asiento.
Virgilio entro al auto con la ultima maleta con la ropa de su hija, abrocho el cinturón de la pequeña en el asiento trasero, se sentó en el asiento del conductor, se volvió a Dante quien parecía estar dormido, encendió el motor y mirando al viejo señor que se despedía haciendo gestos con el rostro a su nieta, se despidió y se fue. El carro se mantuvo a una misma velocidad, no como el camino de ida a la vieja casa la cual estuvo lleno de cambios de velocidades por las dudas que tenía en un principio Virgilio, esta vez era diferente pues él estaba seguro de lo que hacía y no temía mirar hacia delante. Miro por el espejo retrovisor y vio a su hijita sonriéndole mientras jugaba con su gorro, solo la vio a ella y nadie más, por primera vez en su vida.
Cientos se juntaron para despedazar el cuerpo de Virgilio, y cada uno lo había tirado lejos, en los rincones mas sucios de la tierra, donde solo habitan seres despreciables y tenebrosos, lugares donde ningún ser humano debería pisar, por lo que nadie reconstruiría a ese hombre que solo era una cabeza sobre un charco de sangre. Pero cuando todo parecía perdido para aquel hombre, dos figuras, una más pequeña que la otra apareció de la mano, ambas vestidas de blanco. En sus brazos traían un cuerpo nuevo que armaron con sumo cariño cuidando hasta el último de sus detalles, y esa cabeza envuelta en sangre se alzo con un cuerpo nuevo, se volvió al pasto manchado y vio como la más pequeña de las figuras con solo tocar con el índice aquella mancha roja, torno un desastre en un campo de rosas. La figura más alta tomo de la mano a Virgilio mientras que con la otra mano libre, tomo la mano de la pequeña figura y desaparecieron dejando todo atrás para comenzar de nuevo, y los pasos que en el punto de partida de las rosas consistía de 6 pisadas, con el transcurso del camino, se tornaron en 4.
Capitulo 6: ¡Consigue un trabajo maldito zángano!
Encantador.
ResponderEliminar