sábado, 25 de diciembre de 2010

La Caja

Hace algunas noches abrí la caja y te dije –Hola, monstruo. Te vi pequeñito e indefenso (como si en verdad pudieras ser así) pensé en el pasado, en ti. Ya no sueño con nosotros como decías cada noche. Ya no espero tus mensajes, no espero tus llamadas, ni espero verte conectado cuando entro a la PC porque ya no formas parte de mis contactos, tras haberte borrados más de tres veces, a ti y a tus seudónimos y tus amigos y todos aquellos personajes inventados.


Miré dentro de la caja la cama destendida y pude reconcerme sentada a tu lado, viendo como jugabas con las cartas y recordé tus frases, tus "hay alguien que te ha lastimado" y el ridículo "tienes miedo a amar". Recuerdo todo esto y me siento, más que ilusa, tonta, muy tonta. Cada vez que pienso en tus estúpidos planteamientos e imaginarias teorías siento como me lleno de ira, y mi corazón va más rápido, mis dientes rechinan y, a veces, mis ojos se llenan de lágrimas de impotencia de no poder cambiar el pasado.
¿Sabes qué más hay en la caja? Hay peleas, mentiras, engaños. Están ellas. Vi dentro de la caja tus ojos marrones, los vi grandes, llenos de ira. Vi tus cejas arqueadas, pobladas, fuertes. Y cerré la caja un rato porque aún me da miedo cuando me miras así. Al volverla abrir me vi tendida en la cama, diciendole a Argos que deje mis medias, estaba estropeando el encaje. Me llenabas de aquellos besos que parecían tiernos, parecían, tan lejos de lo que en verdad eran.


Encontré a Elizabeth y me dio asco. Pero me da pena ella, no tú porque eres un monstruo. No siento pena por mí, no soy la media hermana con la que te revolcaste, o bueno, casi. Oye, monstruo, ¡no sabes qué acabo de recordar! Aquellas patéticas historias tuyas en las cuales me narrabas lo irresistible que le resultabas a las mujeres. Ah, que ridículo te escuchabas, hoy mas aún. ¿En serio pensabas que con aquella pálida tez tuya, con aquel cabellos grasoso y manos toscas alguien podría gustar de ti? Tal vez fueron tal inocentes (tontas) como yo.


En la caja está ese final que prolongaste, está miedo a contestar el teléfono junto al de salir sola de mi casa. Están todas tus cuentas de mensajería instantánea con las que te hacías pasar por otras personas para saber mis horarios, están todas tus solicitudes de amistad de redes sociales, están todos tus correos electrónicos, que van de los te amo a las amenazas. Todo está en la caja.


Dentro de la caja te vi, ya no en la casa oscura en la que vivías sino en mi cuarto. Inmovilizabas mis movimientos y ahogabas mi voz. Terminaste y te fuiste.


Cerré la caja y la coloqué debajo de la cama. Ya no quería verte, monstruo, aún me dan escalofríos sólo al pensar en ti, pensar que todavía puedes hacer daño.


Una noche antes de abrir la caja, me llegó un email tuyo. Sentí aquella presión en pecho, sentí que me observabas, sentí que podías verme, me sentí vulnerable. No quiero volver a abrir la caja, tal vez la próxima vez no sólo me llegue un email.

No hay comentarios:

Publicar un comentario