Eh, muchacho, acercaos -dijo el gran maestro ermitaño. El pequeño pupilo de cachetes rosados se acercó a él y se sentó al costado del maestro de bigote canoso y ojos cansados; al lado de él, observo como el sol se ocultaba lentamente dando un bello matiz al paisaje: las praderas verdes se tornaban de un tono naranja, los arroyos se volvían de un tono amarillo al reflejar la luz y las grandes montañas asiáticas se envolvían en sombras mientras el sol descendía y se ocultaba entre ellas. ¿Muchacho, alguna vez te conté la historia sobre el pichón de cola roja y el halcón de los peñascos? -pregunto el maestro mientras encendía su pipa. Pues no maestro, cuénteme por favor -exclamo el pequeño pupilo con cierto brillo en sus ojos. Pues veras -dijo el anciano señalando a un nido de pichón que se encontraba en lo alto de un árbol...
Una vez, durante las frías tormentas en los montes Asiáticos de Tyowok, una pareja de pichones de cola roja volvía a su nido para alimentar a su recién nacida criatura. Esos pichones por duros motivos, tuvieron que posponer la migración al sur que realizaban todos los pichones de cola roja, el motivo principal, la poca fuerza que les quedaba tras duras semanas de tratar de sobrevivir de los halcones de los peñascos. Durante el retorno a su nido, una dura ventisca azoto a los pichones hasta dejarlos exhaustos y por consiguiente, muertos en mitad de la nieve.
El pichón recién nacido era débil y estaba hambriento, solo le quedaba esperar a sus padres para poder alimentarse, y a la muerte de ellos, el pichón tenía pocas probabilidades, por no decir ninguna, de sobrevivir. Pero por algún motivo, por algún extraño motivo, un halcón de los peñascos se acerco a él.
La imponente figura del halcón alzo las alas y elevo una garra, la muerte estaba preparada para llevarse al pequeño pichón, pero sucedió lo contrario, el halcón tomo con cuidado con su garra al pequeño pichón y alzo el vuelo junto con el pequeño.
Pasaron las gélidas montañas del Tyowok hasta llegar a las templadas llanuras de Chyoya donde deposito al pichón en la rama de un árbol, allí el halcón alimentó al joven y le enseño lo que era valerse por sí mismo, le enseño a respetar a la naturaleza y retribuirle, le enseño el viejo arte de cortejar alzando su penacho en alto, le enseño lo que era la amistad y lo que era, preocuparse por quien necesita una mano amiga.
El pichón creció fuerte y hermoso, y el halcón observo cada segundo de este proceso, del pequeño pichón minusválido y débil, a aquel ave que se debía mirar con respeto.
Y el halcón desapareció una tarde, al sentir que su trabajo estaba hecho. El pichón nunca pudo decirle adiós como se debía, y es que en realidad no era momento para despedirse, nunca sería el momento, pues el halcón ahora habitaba su corazón y su esencia estaba impregnada en él. El pichón continuo su vuelo por el mundo, explorando paisajes, recorriendo ríos, surcando mares, hasta que un día, se encontró con un cuervo colocorvo indefenso y perdido en mitad de los bosques petrificados del sur. El pichón se poso frente a él y le tendió un bocado, el diminuto cuervo recogió el bocado y lo comió con ansias mientras que el pichón lo observaba, y lo que él vio en ese pequeño, fue a sí mismo, hambriento y desorientado sin sus padres. El pichón le tendió su ala, no porque se vio reflejado a sí mismo en él, sino porque alguien como él en ese momento le tendió el ala aun cuando no tenía el deber, así como el padre de ese pichón, había hecho con ese indefenso halcón de los peñascos varias primaveras atrás.
¿Recuerdas cuando eras solo una pequeña maquina de pedos y mocos cuando te trajeron ante mi? Si maestro. Pues debes entender mi pequeño aprendiz, nadie me obligo a enseñarte sobre la vida, sin embargo lo hice, yo no estaré toda la vida contigo pues tarde o temprano me iré, quizás sea el camino que nos separe o quizás sea la dulce errante la que me lleve, pero quiero que sepas, que cuando alguien tiende la mano a otro, no es porque busque la mano del otro en el futuro, sino que esa mano que cargo del piso, sea capaz de cargar la de otro en otro momento, en otro lugar, y bajo otras circunstancias, así no habrá sido uno quien os haya levantado, sino habrán sido cientos las manos que te alzaron. Recuerda muchacho, quizás, en algún punto de la vida, ese a quien le tendiste la mano, le tienda a alguien a quien ames. Ahora vuela mi pichón, haz ejercicio que te veo fofo. El pupilo se limpio las lágrimas y corrió con alegría. El anciano lo observo mientras se iba, luego volvió la mirada al sol que en ese preciso momento, se había ocultado para siempre, y del último rayo de luz, emergió un ave, un halcón de los peñascos.
Una vez, durante las frías tormentas en los montes Asiáticos de Tyowok, una pareja de pichones de cola roja volvía a su nido para alimentar a su recién nacida criatura. Esos pichones por duros motivos, tuvieron que posponer la migración al sur que realizaban todos los pichones de cola roja, el motivo principal, la poca fuerza que les quedaba tras duras semanas de tratar de sobrevivir de los halcones de los peñascos. Durante el retorno a su nido, una dura ventisca azoto a los pichones hasta dejarlos exhaustos y por consiguiente, muertos en mitad de la nieve.
El pichón recién nacido era débil y estaba hambriento, solo le quedaba esperar a sus padres para poder alimentarse, y a la muerte de ellos, el pichón tenía pocas probabilidades, por no decir ninguna, de sobrevivir. Pero por algún motivo, por algún extraño motivo, un halcón de los peñascos se acerco a él.
La imponente figura del halcón alzo las alas y elevo una garra, la muerte estaba preparada para llevarse al pequeño pichón, pero sucedió lo contrario, el halcón tomo con cuidado con su garra al pequeño pichón y alzo el vuelo junto con el pequeño.
Pasaron las gélidas montañas del Tyowok hasta llegar a las templadas llanuras de Chyoya donde deposito al pichón en la rama de un árbol, allí el halcón alimentó al joven y le enseño lo que era valerse por sí mismo, le enseño a respetar a la naturaleza y retribuirle, le enseño el viejo arte de cortejar alzando su penacho en alto, le enseño lo que era la amistad y lo que era, preocuparse por quien necesita una mano amiga.
El pichón creció fuerte y hermoso, y el halcón observo cada segundo de este proceso, del pequeño pichón minusválido y débil, a aquel ave que se debía mirar con respeto.
Y el halcón desapareció una tarde, al sentir que su trabajo estaba hecho. El pichón nunca pudo decirle adiós como se debía, y es que en realidad no era momento para despedirse, nunca sería el momento, pues el halcón ahora habitaba su corazón y su esencia estaba impregnada en él. El pichón continuo su vuelo por el mundo, explorando paisajes, recorriendo ríos, surcando mares, hasta que un día, se encontró con un cuervo colocorvo indefenso y perdido en mitad de los bosques petrificados del sur. El pichón se poso frente a él y le tendió un bocado, el diminuto cuervo recogió el bocado y lo comió con ansias mientras que el pichón lo observaba, y lo que él vio en ese pequeño, fue a sí mismo, hambriento y desorientado sin sus padres. El pichón le tendió su ala, no porque se vio reflejado a sí mismo en él, sino porque alguien como él en ese momento le tendió el ala aun cuando no tenía el deber, así como el padre de ese pichón, había hecho con ese indefenso halcón de los peñascos varias primaveras atrás.
¿Recuerdas cuando eras solo una pequeña maquina de pedos y mocos cuando te trajeron ante mi? Si maestro. Pues debes entender mi pequeño aprendiz, nadie me obligo a enseñarte sobre la vida, sin embargo lo hice, yo no estaré toda la vida contigo pues tarde o temprano me iré, quizás sea el camino que nos separe o quizás sea la dulce errante la que me lleve, pero quiero que sepas, que cuando alguien tiende la mano a otro, no es porque busque la mano del otro en el futuro, sino que esa mano que cargo del piso, sea capaz de cargar la de otro en otro momento, en otro lugar, y bajo otras circunstancias, así no habrá sido uno quien os haya levantado, sino habrán sido cientos las manos que te alzaron. Recuerda muchacho, quizás, en algún punto de la vida, ese a quien le tendiste la mano, le tienda a alguien a quien ames. Ahora vuela mi pichón, haz ejercicio que te veo fofo. El pupilo se limpio las lágrimas y corrió con alegría. El anciano lo observo mientras se iba, luego volvió la mirada al sol que en ese preciso momento, se había ocultado para siempre, y del último rayo de luz, emergió un ave, un halcón de los peñascos.
Magnifico
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